Ensayo: Escribir y hablar (Marzo 2012, Paul Graham)

(Translation of the Paul Graham's Essay «Writing and Speaking»)

Marzo 2012

Paul Graham

Paul Graham

No soy un buen conferenciante. Digo «um» demasiado. A veces tengo que tomarme pausas porque pierdo el hilo. Me gustaría ser mejor conferenciante. Pero no estoy tan interesado en mejorar mis dotes de presentación como en ser un mejor escritor. Lo que de verdad quiero es tener mejores ideas, y eso está mucho más conectado con ser buen escritor que con ser buen conferenciante.

Tener buenas ideas es lo más importante para escribir bien. Si sabes de lo que estás hablando, serás capaz de expresarlo de forma sencilla y la gente percibirá que tienes un buen estilo. Al hablar pasa lo contrario: tener buenas ideas es un componente alarmantemente pequeño de lo que se considera ser un buen conferenciante.

Me di cuenta de esto por primera vez hace algunos años, en una conferencia. Había otro ponente que era mucho mejor que yo. Nos tenía a los asistentes riendo. En comparación yo parecía raro y paraba demasiado. Posteriormente puse mi charla online como de costumbre, y mientras la transcribía me preguntaba como sería la transcripción de la charla del otro ponente. Solo entonces me di cuenta de que casi no había dicho nada.

Quizá esto sea obvio para alguien acostumbrado a dar charlas, pero fue una revelación para mí: las ideas importan mucho menos cuando hablas que cuando escribes. [1]

Unos años después escuché la ponencia de alguien que no solo era mejor ponente que yo, además era famoso. Ya te digo que era bueno. Así que decidí prestar atención a lo que decía, para aprender su forma de hacerlo. Después de diez frases me encontré repitiéndome a mí mismo: «no quiero ser un buen ponente».

Ser un ponente realmente bueno no es solo ortogonal a tener buenas ideas, sino que de cierta manera te aleja en la dirección opuesta. Por ejemplo, cuando doy  una charla normalmente la escribo antes. Se que es un error, se que dar una charla pre-escrita hace más difícil conectar con la audiencia. La forma de conectar es prestarles tu total atención, y cuando estás usando un guión tu atención está siempre dividida entre la audiencia y la charla (incluso si la has memorizado). Si quieres conectar es mejor comenzar con algunas frases que expresen tus ideas y conectarlas durante la charla. Pero si haces esto nunca podrás dedicarle a cada frase más tiempo del que te toma simplemente decirla, no puedes parar a pensar. [2] A veces el hablar a una audiencia en directo puede hacer que tengas nuevas ideas, pero en general no generará ideas tan buenas como las que puedes tener escribiendo, donde puedes dedicar tanto tiempo como quieras a cada frase.

Si ensayas una charla pre-escrita lo suficiente, podrás acercarte asintóticamente al tipo de conexión con la audiencia que puedes lograr cuando hablas libremente. Pero de nuevo te enfrentarás a la disyuntiva entre hacer un discurso ameno y exponer tus ideas. El tiempo que emplees practicando una charla lo podrías invertir haciéndola mejor. Los actores no pueden tener esta tentación (excepto en los casos en los que ellos han escrito el guión), pero los ponentes se pueden permitir este lujo. Antes de dar una charla es normal encontrarme en algún rincón con una copia de la misma en papel, tratando de ensayarla en mi cabeza. Pero al final siempre acabo reescribiéndola. Cada una de mis charlas acaba siendo una versión modificada del manuscrito original, llena de tachones. Lo que, por supuesto, me hace pararme aún más, porque no tenido tiempo para practicar las partes nuevas. [3]

Dependiendo de tu audiencia, existen incluso disyuntivas peores. A las audiencias les gusta ser agasajadas; les gustan los chistes; les gusta ser estremecidos por un vigoroso torrente de palabras. Conforme decrece la inteligencia de la audiencia, uno es mejor ponente cuanto mejor sea diciendo chorradas. Lo que es verdad cuando se escribe también, pero al dar charlas se nota mucho más. Cualquier se atonta más cuando forma parte de una audiencia que cuando lee. De igual forma que el ponente no puede invertir más tiempo en cada frase del que tarda en decirlas, el asistente no puede invertir más tiempo pensando en cada frase del que tarda en escucharla. Además de que en una audiencia siempre te afectan las reacciones de los demás, reacciones que se contagian de persona a persona y son desproporcionadamente más brutas, al igual que los tonos graves viajan mejor por las paredes que los agudos. Cada audiencia es una turba en potencia, y un buen ponente lo sabe. Una de las razones por las que me río tanto con la charla de un buen ponente es que el resto de la audiencia se ríe también. [4]

Así que, ¿son las charlas inútiles? Está claro que son inferiores a la palabra escrita como fuentes de ideas. Pero esa no es su única finalidad. Cuando voy a una charla, es porque me interesa el ponente. Asistir a una charla es lo más cerca que puedes estar a una conversación con por ejemplo un presidente, que no tiene tiempo físico para reunirse individualmente con toda la gente que quiere conocerle.

Las charlas son también buenas motivándome a hacer cosas. No es una coincidencia que tantos ponentes sean descritos como conferenciantes motivacionales. Este podría ser el objetivo de las charlas y probablemente eran su objetivo original. Las reacciones emocionales que puede generar una charla son una poderosa fuerza. Y me gustaría poder decir que esta fuerza se usa más a menudo para el bien que para el mal, pero no estoy seguro.

Notas

[1] No me hablo de las conferencias académicas, que son diferentes. Mientras que la audiencia en una charla académica puede apreciar un chiste, hará (o debería hacer) un esfuerzo consciente por descubrir las nuevas ideas que estás presentando.

[2] Esto pasará en el peor de los casos. En la práctica normalmente hablar acerca de algo sobre lo que has escrito o hablado antes, y conforme avances irás reproduciendo frases que ya habías dicho en algún sitio. Como en la arquitectura medieval temprana, las charlas impromptu están hechas de spolia (restos de otros monumentos). Considero esto algo deshonesto, aunque de forma accidental, porque dará la sensación de que estás frases se te han ocurrido en el momento, cuando en realidad están preparadas.

[3] Robert Morris apunta aquí que existe una forma de practicar charlas que las mejora: leerlas en voz alta te hará descubrir las partes que no encajan. Estoy de acuerdo con él, y por esa razón leo en voz alta la mayoría de cosas que escribo al menos una vez.

[4] Con audiencias suficientemente pequeñas puede que no sea cierto que pertenecer a una te haga más tonto. El auténtico declive parece ocurrir cuando la audiencia es tan grande que la charla deja de ser una conversación, probablemente cuando se superan las 10 personas.

Gracias a Sam Altman y Robert Morris por leer borradores de este ensayo.

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